ARCHIVO: ¿Y si Apichatpong fuera de Babahoyo?

ARTICULO DE MIGUEL ALVEAR PUBLICADO EN FEB. 2009. EL CNCINE EMPEZABA A REPARTIR BILLETE, NOS IMPORTABA QUE SE HACÍA Y QUE NO. Y A DONDE PODÍA IR A PARAR ESE DINERO. MUCHA AGUA HA PASADO BAJO EL PUENTE.

1.- La diferencia como posibilidad exótica

Estoy sentado en la sala 2 de OCHOYMEDIO, totalmente solo, redescubriendo la inquietante poesía cinemática de Apichatpong Weerasethakul (nacido en Bangkok, en 1970). Blissfully Yours deviene sobre la pantalla como un camión pesado que se desliza por una interminable recta, atascado en segunda. Vamos despacio, el ruido del motor en altas revoluciones me sume en un cálido sopor. Los dos estudiantes de cine que estaban sentados atrás ya dejaron la sala antes de los créditos de inicio. Me siento privilegiado en este diálogo íntimo con Apichatpong pero también, no puedo negarlo, me inquieta la soledad: soy un náufrago solitario a la deriva en una fascinante marea audiovisual y a nadie –por lo menos hoy, a esta hora– le importa un bledo lo que estoy viendo. ¿Porqué? Con este largometraje, Apichatpong ganó en el 2002 el premio Un Certain Regard (Una mirada particular), una sección competitiva dentro del Festival de Cannes
que bien pudieran llamar, con embotada franqueza, “bichos raros de países lejanos que merecen ser tomados en cuenta porque prometen”. Todos los festivales grandes se ven abocados a crear un premio alterno, un reconocimiento que subraya la diferencia entre los que se juegan los porotos más suculentos del mercado de distribución, y los otros. Pero sería torpe desmerecer el alcance de ese premio. Una de sus consecuencias ha resultado en que yo esté disfrutando de este filme, al otro lado del mundo, en una sala vacía.

Flashback violento al 2002, Festival Internacional de Cine de Cuenca. Soy jurado de la selección oficial del evento, y estoy otra vez solo con esta película, abogo inútilmente por ella ante mis colegas del jurado  que se han conmovido más por el belly dance de la protagonista de Satín Rojo (Túnez, 2002), que por la callada y lenta manera de Blissfully Yours. Al final el veredicto decía algo así: “…premiamos a esta película y a su realizadora por abordar valientemente un tema tabú en una sociedad machista”. Vislumbro en el discurso del dictamen algo que se ubica entre morbo San Gabrielino y corrección política. Contra esa poderosa alquimia hormonal de nada sirve explayarse sobre la fascinación hipnótica que produce el misterio fílmico de Apichatpong, sobre cómo monta un triángulo amoroso sin sobresaltos ni fuegos pirotécnicos, con un elenco ordinario, como de la calle, esa calle tailandesa tan parecida a la calle de Milagro o de La Troncal. Silencio. Intento otra estrategia, ¿no creen que sería muy interesante que un festival pequeño y periférico se juegue abiertamente por la carta de la diferencia, por un cine que se arma desde un barrio y llega al otro lado del mundo?

2. La diferencia como consigna comercial (y como cargo de conciencia)
Multicines CCI Quito, Diciembre 2008. Estamos como cuarenta gallos atragantados de canguil y Coca Cola ante una de las 22 copias del último estreno nacional, Retazos de vida. He seguido más o menos de cerca cómo las productoras de esta película, las dueñas de la compañía Films Factory de Guayaquil, han intentado posicionarla, precisamente ondeando el estandarte de la diferencia. En este caso la diferencia, según ellas, radica en que la película marca distancias con una cinematografía obsoleta que se ha obsesionado con la marginalidad, la violencia, la pobreza y las desigualdades sociales. Es hora de mirar al país con optimismo y fijarnos en las cosas buenas que tiene nuestro lindo Ecuador, nos dicen. En su intento de separarse del pelotón de filmes arrabaleros, Retazos… despliega un despostillado melodrama que tiene como protagonistas a una ejecutiva del mundo de la moda (Christian Bach), su madre italiana (Marina Salvarezza) y su bulímica y narco-dependiente hija (Erika Vélez). Como todos sabemos, las rrricas también sufren, y en esta peli todas –sin excepción– terminarán derramando sus lágrimas de silicona sobre un entablado que me remite a “Miami Vice”, pero que en realidad es el Guayaquil de la “regeneración urbana”. Sus imágenes emblemáticas –el Malecón 2000, el Cerro Santa Ana pintado como cuadro de Endara Crow, el Malecón del Salado, los túneles, la Víctor Emilio–, aparecen una y otra vez camufladas como inocentes tomas de paso, pero hacia el final del segundo rollo, queda claro que las postales del progreso tienen otro propósito. Y es que irrumpen con tanta insistencia en el melodrama que nos dejan sin otra opción que asociarlas con el enorme logotipo del Municipio de Guayaquil que aparece en los créditos de inicio. No contentas con haber puesto en marcha una suerte de enema promocional, las productoras han creado escenas donde los actores se han visto en la incómoda posición de subrayar el mensaje –por si algún bobo espectador no lo haya cachado todavía: “¿Qué lindo que está Guayaquil, no? ¿Hemos progresado muchísimo, te acuerdas cómo era antes?” Y corte –otra vez– al Malecón 2000. Es una pena que Retazos de vida no se haya mantenido firme en la diferencia que ha intentado establecer, es decir, aventurar sin ruborizarse, una representación del medio farandulero guayaquileño, que si bien ha sido explorado chabacanamente por la TV nacional, no ha sido aún sujeto del cine. Curiosamente, han creído necesario salpicar sobre el melodrama evidencias de que las productoras también tienen ‘preocupaciones sociales’. ¿Es esto culpa, estrategia, miedo a la frivolidad, o es que separase de la tradición que condenan no fue tan fácil como pensaron?

Para el musculoso fotógrafo de pasarela (el cubano William Levy), por ejemplo, la fotografía publicitaria es sólo una manera de ganarse la vida, nada más. Su verdadero interés artístico reside en huir de la pasarela plástica para fotografiar niños pobres en los barrios marginales, al otro lado de la ciudad. Es guapo, fuerte y también es buena gente: después de cada sesión fotográfica con los niños, les da una moneda –que seguramente se repartirán a dentelladas–, y procede a embarcarse en su poderoso 4×4 con vidrios oscuros para conducir a toda madre en dirección a Samborondón (pasando por la Francisco de Orellana, los túneles, el Malecón del Salado, el MAAC y –otra vez– el Malecón 2000).

Me parece que Films Factory ha colocado a la realizadora, la quiteña Viviana Cordero, en una especie de incertidumbre existencial, es decir, la han puesto a negociar en la misma película un improbable ménage a trois entre el melodrama, la necesidad de demostrar “responsabilidad social‟ y la promoción turístico-política de Guayaquil (y de ciertas empresas patrocinadoras del proyecto). El lamentable resultado es una máquina de denigración perpetua, una especie de hoyo negro donde todo intento de representación se absorbe por un lado y sale por el otro desprovisto de su dignidad. Es que todos –salvo el discurso del Guayaquil regenerado– la terminan perdiendo: los ricos, los pobres, los migrantes, los gays, las modelos, las señoras de Vinces y hasta Brad Pitt (vean la película y sabrán porqué). Pero talvez el que más pierde en esta chanfaina es el propio cine, que bajo este esquema de producción “diferente”, ve que su encargo principal se remite a cumplir con las expectativas promocionales y políticas de sus financistas, sobre las que ha de tratar de construir todo lo demás. Difícil camello hasta para el más sabido mercenario del celuloide.

Cuando me hablan de que ya es hora de que en Ecuador exista cine comercial que abarrote las salas, que haga billete y que de trabajo al gremio, ¿es este, el modelo de producción de Retazos de vida el que debemos mirar como paradigma exitoso? ¿Es este modelo el que los patrocinadores del cine, los públicos y los privados, exigirán de las compañías productoras de ahora en adelante?

3. La diferencia dentro de lo diferente.
Sala 2 OCHOYMEDIO, Noviembre 2008. Esta vez no estoy tan solo, hay un man al otro lado de la sala viendo conmigo Mysterious Object at Noon, el primer largo de Apichatpong, uno de esos inusuales híbridos que logran transitar orgánicamente entre el documento y la ficción. A la manera del “cadáver exquisito” de los surrealistas, una serie de entrevistados que el equipo encuentra en el road movie hablan mientras se desplaza por la periferia de Bangkok. Aparte de la familiaridad del entorno, tan parecido a Babahoyo, Jujan o El Triunfo, estoy seguro que jamás he visto algo así. La cinta está cargada de la energía y vitalidad que estimulan a quien emprende un viaje con destino desconocido. Me pregunto, ¿dónde estarán los cineastas de la llacta, dónde los estudiantes de cine? ¿Estarán viendo copias piratas de Amores perros en sus casas? Hay algo tan cercano en este cine, tan familiar como lo es aquel pariente excluido al que todos pensamos pero a quien no nombramos frente a los demás. Me asalta la inquietud: ¿Y si Apichatpong fuera un cineasta de Milagro, o de Santo Domingo –y no hubiera ganado Un Certain Regard en Cannes–, sería esta película programada por un Festival ecuatoriano como el Cero Latitud? Tendría alguna posibilidad de aspirar a los fondos del Consejo Nacional de Cine? ¿Algún Municipio invertiría su capital político y económico en sus películas? Curiosamente en el Ecuador, el discurso del “otro cine” ha creado, sobre la retórica de la diferencia, un establishment de la otredad que paradójicamente no está dispuesto a codearse con aquello que no ha sido legitimado en otros circuitos. ¿Existe entonces la posibilidad real de constituir en Ecuador, en el cine, una diferencia que sea coherente con aquello que acarrea nuestra “falla de origen”? Estas preguntas me parecen esenciales a la hora de meditar sobre nuestra producción audiovisual y su lugar en el mundo. Este debate es lastimosamente inviable cuando quienes administran fondos públicos para fomento y exhibición, ya sea en festivales o concursos varios, remiten la reflexión a cifras de asistencia, dólares conseguidos, proyectos presentados y número de cineastas beneficiados. Si es esto a lo que el cine ecuatoriano debe aspirar, es decir, a tener presencia en el circuito festivalero, a llenar las salas y a rendir cuentas, ¿no será que nos estamos perdiendo de algo importante? Creo que sí. Nos estamos privando de la posibilidad de reflexionar sobre qué mismo somos en el cine, sobre el qué hacemos y quisiéramos hacer. ¿Será que podemos tener el valor y la sinvergüencería para trazar un rumbo en nuestros propios términos, asumiendo las contradicciones que a todos nos atraviesan y nos marcan? Mientras el establishment del cine no genera espacios de reflexión, el discurso de la diferencia se sigue engordando con su propia retórica.

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