“Sicarios manabitas”: el western sinvergüenza

Por Daniel Montenegro.

“El humor negro está en el límite de muchas cosas, como la estupidez, la ironía escéptica, la broma frívola, etc; pero es por excelencia el enemigo mortal del sentimentalismo de aire perpetuamente desesperado”, escribe André Bretón. Y Sicarios Manabitas (Fernando Cedeño, 2004) es ese enemigo mortal. Por un lado escapa a la vulgar tendencia del arte latinoamericano a sacar partido de lo exótico, y por otro evita la autocomplascencia étnica. Es desvergonzada con su naturaleza. No es consciente de ello, pero la pinta con brocha gorda.

La llegada de tres sicarios a la hacienda El Zapotal para vengar la muerte del hijo del prominente Agamenón Menéndez, nos abre una serie de inquietudes para repensar rasgos fundamentales de la hibridación cultural y su representación en el audiovisual.

La cuestión rural
Si bien Cedeño afirma en una entrevista que Sicarios Manabitas fue concebida originalmente para ser realizada en la ciudad y por temas de logística llevada al campo, se respira un aire cómodo en el entorno; es fluído y creíble, y se vislumbra la destrucción de la anacrónica certeza que separa la urbe de lo rural. Desaparecen los dos campos geográficos, económicos y sociales (campo – ciudad) como dos mundos diferenciados aunque complementarios. Hablamos de la urbanización del campo pero también de la ruralización de la ciudad* . Las prácticas, el lenguaje, e incluso la estética en el universo de la ficción de Sicarios Manabitas dan cuenta de esta realidad.

Para ejemplificar este fenómeno, me remito a la aparición de un taxi en un espacio dominado escencialmente por caballos como medio de transporte, las constantes incursiones motorizadas en el monte, o al diálogo que mantienen Daniel y Gonzalo (dos de los sicarios), acerca de la riqueza cultural de Chone. Las dinámicas espaciales han variado. En la actualidad existe un continuo urbano-rural que convive con la diversidad.

Ahora bien, si se ha podido establecer esa cohesión espacial, resulta harto complicado establecer la misma variable en cuanto a las relaciones de poder. En ese sentido el mundo rural no hace más que bordear al urbano o viceversa. El poder político del sector rural se sustenta en cadenas de clientelismo y cacicazgo. Es el caso inexpugnable de Agamenón, un terrateniente todopoderoso que opera fuera de la legalidad y del estado, aunque éste, a través de la fracasada incursión de un detective intenta vagamente extender sus tentáculos. El sujeto exótico representa el lugar a colonizar **. En cierta medida la película lográ desestimar la asociación de lo rural con el retraso o pobreza, pero sí establecer la autonomía política que por sus circunstancias exige.

La occidentalización del paisaje.
Aunque la factura del largometraje evidencia la carencia de recursos, sus pretensiones estéticas mantienen el gravamen de Hollywood impregnado. Los paisajes a pesar de que resaltan las partucularidades de la geografía manabita, hacen guiños (intencionados o no) a lugares comunes como símbolos. Quizás el más evidente se encuentra en el género western. Aunque en los montes manabitas es difícil encontrar ese horizonte perfecto, al que tantas veces recurren films como Cielo amarillo (Wellman, 1948), Centauros del desierto (Ford, 1956) o Raíces Profundas (Stevens, 1953) , si queda clara la intención de apabullar con la inmensidad del entorno. Kevin Lynch plantea que el comportamiento social es territorial, es decir, definido espacialmente y cambia de acuerdo al lugar. Los filmes referenciados entonces, son parte del discurso de la película***.

También se pueden plantear asociaciones más concretas y evidentes. La cascada por ejemplo, es ese nicho de entrega absoluta a la lujuria, imagen recurrente en varias producciones del Hollywood de los 80´ como la Laguna azul (Kleiser, 1980) o Cocktail (Donaldson, 1988). Cabe destacar que estas dos producciones destacan por su evidente fascinación por las geografías tropicales, en una época de auge turístico en el Caribe. Esta occidentalización del paisaje refleja la innegable inpregnación estética de lo anglosajón aún en territorios rurales. La belleza ha sido indiscutiblemente colonizada.

Volviendo a Bretón
Tomando en cuenta la dificultad que siempre ha supuesto en el imaginario ecuatoriano plantearse la imágen de una sociedad consolidada, es de agradecer la indecencia de Sicarios Manabitas, que asume los códigos de Hollywood y trata de adaptarlos a su realidad, dejando de lado nacionalismos artísticos idealizados. Ha conseguido sin sarcaso alguno, burlarse de sus ciscunstancias, sus personajes y su idiosincracia. Esto, a pesar de la evidente carencia de dominio narrativo y su notoria precariedad visual.

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* La noción de colonización recíproca campo – ciudad se plantea por primera vez en “La cuestión rural en el Ecuador”, estudio realizado por Fernando Buendía en 2009.
** Gabriel Weisz, nos dice en “Tinta del Exotismo, Literatura de la otredad”, que el sujeto representa el lugar a colonizar, y la alteridad asi resulta un estimulo para despertar la sed de aventura, lo que ha sido abordado en ficciones como la narrativa, el teatro y el cine de autores como Carpentier, Vargas Llosa, Anzaldua, Alexei, Moore, Coetzee, y Defoe, entre otros
*** Urbanista estadounidense célebre por sus contribuciones a la disciplina de la planeación urbanística y el diseño a través de sus estudios sobre cómo se percibe y desplaza la gente por el espacio.

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