“Pescador”: una narcografía contemporánea

EL RECORRIDO SIMBÓLICO Y GEOGRÁFICO EN PESCADOR. POR LIZARDO HERRERA, ESPECIAL PARA KMOCHOYMEDIO.

Carlos Adrián Solórzano Cedeño, Blanquito, el protagonista de la película Pescador (Sebastián Cordero, 2011), es el hijo no reconocido del prefecto del Guayas, Carlos Adrián Solórzano, con una vecina de El Matal, un pequeño pueblo en la provincia de Manabí, Ecuador. El apelativo Blanquito designa el color de su piel y lo ubica en lugar complicado, pues no se sabe bien si los demás mataleños –todos más morenos que él- le tienen envidia o lo desprecian. Lo cierto es que, como le dice Lorna, allí todos le faltan el respeto. Blanquito se siente incómodo, busca salir de su pueblo, y esta oportunidad se le presenta tras el naufragio de una embarcación de narcotraficantes y la accidental aparición en las playas de El Matal de cajas con paquetes de cocaína. Pescador es una película de viaje que narra el trayecto de Blanquito desde El Matal hasta Quito, pasando por Manta y Guayaquil; este personaje, sin embargo, no sólo es un viajero en el sentido literal de la palabra, sino también uno que atraviesa otro tipo de geografías simbólicas. Con su recorrido, traza además una narcografía contemporánea que me propongo desentrañar en este ensayo.

Empecemos el análisis por el ámbito de la economía y la clasificación social. Blanquito no tiene lugar en su pueblo, es diferente a los demás y su calidad de hijo ilegítimo hace evidente contradicciones sociales muy importantes. Primero, une y separa al mismo tiempo las divisiones sociales de entre pobres y ricos. Une porque es el hijo de una mujer pobre con un hombre acaudalado; separa, porque Blanquito nunca ha sido aceptado por sus paisanos, quienes no dejan de evidenciarle su diferencia. Segundo, hay una clasificación racial. El prefecto Solórzano es blanco y la madre más morena, Carlos Adrían sacó la genética de su padre. En El Matal, no obstante, se produce una inversión, lo blanco generalmente asociado a la autoridad o las clases dominantes, es estigmatizado y allí Blanquito es objeto de burla cuando no abiertamente excluido.

La llegada de la cocaína trae nuevas asociaciones entre las que destaca otra vez el color, pero no de la piel, sino en un sentido más general. La droga es blanca al igual que Blanquito, pero a diferencia de este último que es pobre, aquella representa dinero y poder. Una vez que Carlos Adrián entra en contacto con la cocaína se produce una especie de reparación simbólica. Blanquito adquiere los recursos y el poder para llevar a cabo su sueño, dejar definitivamente su pequeño y -para él- asfixiante pueblo. Si usamos esta imagen en una escala más amplia, la droga funciona como uno de los agentes más importantes de movilidad social, gracias a ella muchos pobres se convierten en nuevos ricos quebrando así las rígidas distinciones sociales. En segunda instancia, el contacto de Blanquito con la cocaína es más profundo en tanto de su nombre lo asimila por completo al color del estupefaciente por lo que su recorrido se transforma en una metáfora del flujo de la droga.

En el plano nacional, el viaje de Blanquito une las dos regiones más pobladas del Ecuador, la Costa con la Sierra; pero su trayectoria complica las clasificaciones de la modernidad contemporánea al unir el campo con la ciudad de una manera heterodoxa. En El Matal, pueblo de pescadores, Blanquito se dedica a la pesca y a la agricultura, pero va a la ciudad no con productos agrícolas sino con dos de los productos más codiciados de la actualidad: droga y dinero. Esto significa que no es la ciudad la que trae la civilización al campo, sino que el pueblo lleva la diversión, el dinero y el poder a la urbe. No estamos ante la colonización del campo por la ciudad, sino ante una migración campesina hacia la urbe, en condiciones excepcionales, pues este campesino pobre no llega a los barrios marginales de Manta, Guayaquil o Quito, por el contrario se hospeda en los hoteles más lujos y además entra en contacto directo con la alta burguesía.

En Guayaquil Blanquito se encuentra con el prefecto Solórzano, quien como era de esperarse no lo reconoce como hijo; sin embargo, Lorna, su compañera de viaje y amante de Don Elías, le abre el mundo de las clases adineradas que le niega su padre. La colombiana se hace amiga de uno de los hermanos de Blanquito, quien le compra droga, y con ese dinero continúan con su viaje hacia Quito. Lorna además es la intermediaria entre Carlos Adrián y el mundo pobre manabita con Elías, el millonario dueño de una mansión en Quito y otra en El Matal. Dicho de otro modo, esta colombiana también constituye una puerta de escape para Carlos Adrián; esto es, ella no únicamente es el objeto del deseo enamorado de Blanquito, sino también una oportunidad más para abandonar tanto su pueblo como su lugar social.

Si es correcta la tesis de que el viaje de que Carlos Adrián es un tropo de la circulación de la cocaína, la nacionalidad de Lorna es un dato que no podemos pasar por alto. La planta nace en el campo colombiano y el estimulante es procesado en ese país para luego ser exportado a las ciudades de Estados Unidos principalmente. Lorna vincula a Blanquito directamente con la cocaína en tanto ella es una usuaria de esta substancia y fue cocaína lo primero que vio Carlos Adrián en la sala de la mansión playera de Elías justo antes de conocerla. En otras palabras, lo que le ata a nuestro personaje con la colombiana no es el sentimiento amoroso que cree sentir, y que valga anotar no es recíproco, sino la droga. La colombiana será no sólo la compañera para ir a conocer al prefecto-padre, sino el contacto que le permitirá colocar la cocaína en el mercado de las clases altas del Ecuador tanto en Guayaquil como en Quito. La nacionalidad de Lorna, en consecuencia, nos saca del ámbito nacional recordándonos que el recorrido de la droga es global y transnacional, hecho que se hace aún más notorio con el logo en la camiseta de Blanquito: New York City.

Si Carlos Adrián es el nexo o mejor dicho puente o túnel –por recuperar las imágenes del puente sobre el río Guayas o el túnel Guayasamín en Quito que nos muestra Pescador– entre los campesinos productores pobres con los ricos consumidores de la droga en las ciudades, este personaje es también la imagen de un narcotraficante. Como ya lo dijimos, es un nuevo rico que busca abandonar no sólo su pueblo natal, sino además subir de posición social. Blanquito, por tanto, es un pícaro con un  claro afán de medro y de aventura; por ejemplo, tener como novia una mujer como Lorna o cuando está en Manta, consumir la comida y las bebidas más caras hasta empacharse. En Guayaquil, sale a las calle y se topa con dos travestis. Aunque Carlos Adrián no consume cocaína, sí bebe alcohol, la droga así se trasviste en la bebida. En la calle porteña, aparece un consumo popular y violento en donde Blanquito termina en un motel o burdel de mala muerte llamado Imperio. Allí amanece desnudo, golpeado y sin dinero, o sea, pierde lo que obtuvo cuando revendió a los narcotraficantes algunos de los paquetes de droga que recogió en la playa.

La palabra Imperio nos recuerda varias cosas. Primero, en el filme, es el nombre de un lugar en donde se consume estupefacientes y se relaciona con un espacio de violencia en el cual Blanquito no únicamente pierde su dinero, sino también su memoria; es decir, es un espacio en blanco como el edificio que contiene el nombre, por ende, un vacío peligroso. Segundo, imperio se refiere al diseño de una geopolítica internacional que ilegaliza mercado y criminaliza el consumo de la droga. Imperio, en este sentido guarda relación con el logo de la camiseta (New York City). Aunque Pescador no da una pista clara para pensar en esta dirección, es interesante anotar que la base aérea de Manta, Manabí, estuvo diez años (1999-2009) bajo el control de los Estados Unidos con el objetivo de mejorar la lucha contra el narcotráfico. En ese tiempo, hubo varios escándalos de hundimientos de lanchas pesqueras y narcotraficantes por parte de los militares estadounidenses. Dado el contexto de rodaje y producción de la película a finales de la primera década de los 2000, el hundimiento de la lancha, aunque en el filme aparece como un accidente, también puede ser leído como una referencia indirecta al control estadounidense de esta base y su política de hundimientos.

La política imperial en contra las drogas también se deja ver en Pescador en el rol que cumple la policía, la cual, primero, asume una actitud moralizante y pedagógica informando a los mataleños que a la droga hay que tenerle más miedo que al mar. Luego, uno claramente represivo amenazando con detener a quienes no entreguen pistas de los paquetes de cocaína o vigilando las carreteras para evitar el tráfico de drogas. Sin embargo, hay un claro divorcio entre las fuerzas del orden y la gente común, quienes ignoran las amonestaciones policiales y prefieren revender la droga a los narcotraficantes en El Matal o usan estas substancias como fuente de diversión en las ciudades grandes.

Pero al otro lado de la política imperial está el pícaro narcotraficante cuya vida está ligada al exceso. El poder del narco no se encuentra en la acumulación de dinero, sino en la exhibición de su riqueza y su fuerza. Carlos Adrián lo sabe y se lo hace saber a Bryan al explicarle que si los narcos reclaman la droga no lo harán pacíficamente, sino con violencia. Ni bien llega a esta Guayaquil, Blanquito cambia de ropa, se compra un lujoso traje para mostrarse, exhibirse, ante su padre. En su viaje, no se priva de ningún lujo. Cuando conoce a Lorna se enamora de ella, su intención es que lo acompañe donde su padre para presentarse allí con una mujer hermosa; pero además tiene un objetivo económico en mente, quiere que ella le ayude a vender el resto de los paquetes de droga. Pero Carlos Adrián es un pícaro atípico porque en lugar de  narrar su historia desde la edad adulta y desde el desengaño, él es un adulto-niño con un alto grado de ingenuidad. Por eso, su historia no es la del crecimiento personal de la subjetividad moderna, como bien lo dice uno de los asistentes de la película en el material extra, sino una de decrecimiento; esto es, el desengaño de Blanquito no es de su picardía ni de su paulatina transformación en narcotraficante, sino de su propia ingenuidad.

Blanquito se da cuenta de que en Guayaquil el mundo del exceso o la diversión no está exento de violencia y que detrás de la palabra Imperio, no sólo se esconden placeres o riquezas, sino dolor, decepción o la propia sangre que le sale de la cara. En Quito, ve como la imagen de la poderosa Lorna se quiebra cuando es violada por Elías en su mansión de Cumbayá. En otras palabras, Carlos Adrián sufre un doble desengaño, se le cae la imagen de la colombiana y su visión romántica de la vida. Blanquito, sin embargo, siempre fue un pícaro porque nunca se dejó embaucar por su compañera de viaje al mantener en secreto la planificación del transporte de la droga, y lo seguirá siendo, pues no se desprende de la cocaína ni de su sueño de abandonar su lugar de origen y social así eso implique abandonar a su madre o traicionar a su amigo.

El mayor desengaño de Carlos Adrián, entonces, es que toma conciencia de la mercantilización de la vida. En Quito, su personaje se transforma. Cuando llegó a Manta o Guayaquil era un joven deslumbrado por la fantasía o la arquitectura de la ciudad; en la capital ecuatoriana ya no se deslumbra por nada, sino que se desengaña y se da cuenta de que en ninguna de las tres ciudades hay lugar para él. Al final de la película, recorre con una maleta llena de paquetes de cocaína los centros comerciales en el centro de Quito. La droga es una mercancía más que se mueve por la ciudad al igual que las demás con la salvedad de que viaja oculta porque es ilegal y por eso mismo mucho más valiosa que el resto.

 Desde el punto geográfico, el final de Pescador es un final abierto que significa el fin del circuito nacional de la droga, pero quizás el comienzo de uno a escala global. El sueño de blanquito quizás no es sólo ser un migrante del campo a la ciudad, sino un migrante transnacional. El logo de su camiseta así parezca un detalle menor, no lo es. Primero porque nos muestra que el destino de la droga es en Estados Unidos; segundo, porque de alguna manera saca a la luz el inconsciente de Carlos Adrián, quien ya no sólo se siente desubicado en su pueblo, sino que ahora es consciente que tampoco tiene cabida en la ciudad. Quizás está nueva descolocación le obligue a emprender un nuevo rumbo hacia el extranjero, lo único cierto para él es que la cocaína es su única puerta de salida y debe seguir con ella hasta donde la droga lo lleve.

(Este ensayo nace de una serie de conversaciones que he mantenido por varios años con Julio Ramos, a quien debo el concepto narcografía–L.H., sep-2013)

Más sobre “Pescador” en KMOCHOYEMDIO: http://www.kilometro8ymedio.net/?p=280

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