A solas

Por Sandra Araya

En algún momento, a alguna hora, me ataca cierta sensación, la de no ser yo la que ha querido hacer cierto movimiento con la mano o con el pie, la horrible sospecha de que alguien más pudo ordenarle a mi cuerpo que se moviera, que existiera. Despierto, entonces, y me descubro en la cama, escuchando voces —siempre me he preguntado si verdaderamente escucho voces o solamente son una construcción mental que no llega a concretarse en imágenes acústicas reales— voces que reptan por un espacio oscuro, que me llaman, que me incitan a levantarme de la cama —¿he despertado en algún momento, a alguna hora o es todo parte del sueño dentro del sueño de quien quiere escapar de su cuerpo?—, a acercarme a la puerta del baño que está entreabierta, que es el acceso a las tinieblas, donde alguien murmura, se ríe, se regocija con mi miedo hasta que me acerco a aquél, a aquella, miro su cara, me atrevo, sí, y entonces no contemplo sino un rostro conocido: el mío.

Bum. Fin de la pesadilla. Este sí es el verdadero despertar. Me tomó meses de terapia sacar de mi cabeza ese horrendo sueño en el que me descubría a mí misma barbotando sin concierto, soltando risitas obscenas, dislocando mi cuerpo en posiciones absurdas frente a un espejo que se extendía hacia el infinito. Es que era el delirium tremens conjugado con las imágenes de la mejor película de terror que se ha hecho: El exorcista.

Antes de que se estrenara esta película en 1973, dirigida por William Friedkin, y basada en la novela homónima de William Peter Blatty, el horror en el cine estaba situado fuera del espacio personal, es decir, el mal estaba en otro cuerpo, en la imagen del Otro, como entidad completamente disociada de nosotros: el monstruo, el contrahecho, la bruja, el diablo. Allá, de lejitos. Así que fue terrible, por decir lo mínimo, que el mal, en este filme, se instalara dentro del cuerpo de una niña, una pequeña cualquiera que ni siquiera tenía contacto con religión alguna, que quizá, en algún momento, se puso a tontear con una ouija.

¿Ese era el motivo para que el demonio se apoderase de su cuerpo y la obligase a retorcerse de manera obscena, que empujara el rostro de su madre hacia su sexo ensangrentado mientras grita “Lick me, lick me”, entre otras horrendas muestras? Nunca queda claro en la película si ese fue el detonante de la posesión, pues al parecer varios elementos se conjugan: el jueguito de invocar un espíritu, la cercanía de un sacerdote que está perdiendo su fe, una familia disfuncional (la niña podría haber estado llamando la atención de manera extraordinaria), otro cura que a lo lejos viene peleando con el demonio desde las bárbaras tierras de Irak. Nunca queda despejada la pregunta de por qué le tocó tan terrible suerte a esa niña, y ese es el primer motivo para sentir miedo, realmente. Pudo ser cualquiera. Pudo pasarme a mí.

Y podría sucederme a solas. Eso es lo peor, eso es lo que convierte a esta en una de las películas más aterradoras de la historia. La escena más impactante de esta no es aquella que muestra los ojos verdes de la poseída, ni la otra cuando la niña levita a media luz, ni siquiera aquella —ya mencionada— en que la entidad que habita en Regan arremete contra el cuerpo de la niña —desde sí misma— con un crucifijo y obliga a su madre a rozarla con su boca, sino aquella en que el padre Karras llega al cuarto de Regan y ve que en su piel, desde dentro, alguien escribe “help me”. Solo entonces el sacerdote escéptico empieza a creer. Los espectadores creen. Y temen. Y es que para que el terror se manifieste plenamente no es necesario entender o indagar sobre causas o consecuencias. Solo es necesario creer.

Regan está atrapada dentro de su cuerpo y si envía un mensaje de ese tipo es porque está consciente de lo que sucede. Está en el infierno. Sola. Nadie sabe lo que pasa ahí dentro. El resto —su madre, los empleados de la casa, los sacerdotes— no ven sino los síntomas de esa posesión: las marcas en el rostro, el vómito, escuchan voces guturales y gritos. Ella, desde dentro, vive todo aquello.

De todas las películas que se han producido posteriormente a El exorcista, retomando la misma temática y, hay que decirlo, los mismos efectos, ampliados, banalizados y algunos incluso ridiculizados, ninguna ha igualado su poder de aterrorizar a los espectadores, pero sí habría que mencionar una que aborda la perspectiva del poseído, aquel espacio que los otros dentro de la historia ignoran. En 2005 se estrenó El exorcismo de Emily Rose, y aunque algunos de sus efectos son realmente malos, hay una escena que merece atención especial, aquella en que Emily, la protagonista, camina por un paraje yermo, frente a un árbol muerto, rodeada por la niebla, perdida, sola. Atrapada en su universo personal —¿infierno?—, mientras un demonio ha tomado posesión de su cuerpo. Y al final, ella no regresa, sino que pierde todo, su cuerpo, pierde su alma. No hay regreso para ella y esa lejanía del resto, esa soledad, es terrorífica. Como la soledad del monstruo.

Y acaso ese monstruo —el téras griego, en su acepción de mensaje enviado por los dioses— que habita dentro de los hombres, de niñas, en este caso, de mujeres frágiles, no sea sino una faceta del ser humano, un rostro que muestra el ánimo exacerbado, la histeria, que llevó a muchas mujeres a la hoguera durante el medioevo, y que seguramente provocó más muertes trágicas en la historia.

 La novela de Blatty comienza con tres citas a modo de epígrafe que Friedkin pasó por alto para la película y que, sin embargo, nos hablan de la diversidad del infierno, real o personal, imaginario, temido, esperado, al pueden arribar los hombres, la diversidad del mal. Uno de ellos, no debería extrañarnos, es un versículo de la Biblia, del evangelio según San Lucas: “Y bajando Él a tierra, le salió al encuentro un hombre de la ciudad poseído de los demonios… Muchas veces se apoderaba de él [el espíritu], y le ataban con cadenas y le sujetaban con grillos, pero rompía las ligaduras… Preguntóle Jesús: ¿Cuál es tu nombre? Contestó él: Legión”.

El mal está conformado por una legión de voces. Muchas, frente a uno solo, el poseído, a solas en su infierno personal, mirándose en un espejo que repite infinitamente la imagen de un monstruo: él mismo.

 

 

 

 

 

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