#2: La insoportable y maravillosa neurosis de Frances Ha

Por Vanessa Terán

2 de Octubre, 2015

Si tendríamos que buscarle un heredero al Woody Allen que creó todo un imaginario colectivo alrededor de Nueva York en los ochentas, ese sería Noah Baumbach. Sus películas parecen tener temas muy específicos: historias mínimas con personajes complejos, dinámicos. Pero en realidad, son poemas de amor a Nueva York, a la ciudad como escenario y a la neurosis inconfundible que provoca en las personas una estadía prolongada en Manhattan. Desde el Brooklyn de Squid and The Whale hasta la casa impecablemente hipster de una pareja de recién casados en While We are Young, Baumbach está fascinado con los newyorkinos como especie: cómo viven, cómo aman, cómo fracasan.

Y es su novia, la actriz y guionista Greta Gerwig, quien da a los filmes de Baumbach un aura particular, como lo hizo alguna vez Diane Keaton cuando colaboraba de cerca con Allen. Frances Ha y Annie Hall no son películas estrictamente parecidas, pero en ambas subyace un deseo de contar una ciudad entera a través de la mirada, de la idiosincrasia, del newyorkino promedio. No creo que sea fortuito que Baumbach y Gerwig hayan determinado que la cinematografía de la película sea hecha enteramente en blanco y negro: aunque nunca lo han dicho expresamente, es un guiño directo a Manhattan, una de las joyitas de Woody Allen.

Frances Ha es una bailarina veinteañera, que vive tropezándose, literal y figuradamente, contra los obstáculos que le presenta la ciudad. Hay dentro de ella una especie de soledad guardada, reprimida, y esa soledad casi tierna se desborda en los momentos más sutiles hasta atraparla por completo en una espiral de mortificaciones, rechazos y pequeños fracasos. Greta Gerwig se encarga de interpretar esos momentos usando todo su cuerpo: el personaje está lleno de pequeños espasmos físicos: un brazo que se dispara agresivamente en medio de un diálogo, una secuencia en la que Frances camina por su nuevo apartamento entre brinquitos y bailes, casi como una coreografía (no es casualidad que Frances Ha sea bailarina).

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El proceso creativo de la pareja, que colaboró por segunda vez en Mistress America (2015), se da por separado. Gerwig le envía emails a Baumbach cada vez que escribe una escena nueva. “Es gracioso, cada vez que le envío una escena busco impresionarlo de cierta manera, hacerlo reír y que piense que soy ingeniosa”, le confiaba la actriz a Sarah Polley durante una entrevista. Esa complicidad, ese juego, se transmite a cada personaje que crean juntos. Por eso, sus películas son íntimas, conmovedoras, sencillas y graciosas, pero también dicen verdades severas, casi terribles, sobre la amistad, la soledad, el talento y la vergüenza.

“Me gustan las cosas que parecen errores“, dice Frances en un momento, y esa frase se manifiesta también a través del personaje. Como espectadora, es refrescante ver a una mujer con la que me identifico plenamente, alguien que está confundida y al borde de un ataque de nervios; una neoyorkina que no es un ser extraordinario o destacado, que no tiene ambiciones desmedidas y que a veces debe lidiar con sus propios monstruos –y no siempre sale ganando. Frances se siente como alguien de la vida real, alguien con quien me encantaría salir a tomar unos whiskys, cagarme de la risa de las cosas que nos duelen, como para alivianarnos un poco, como para poder seguir intentando, aunque tropecemos una y otra vez con la misma pinche piedra.

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